Zenobia Camprubí

La Vida Mortífera

Por: Rosa Montero

Historias de mujeres, Alfaguara. Madrid 1995

 

 

"Hay gente que le llama Amor a cualquier cosa.

Por ejemplo, a la necesidad patológica del Otro, al parasitismo mas feroz y destructivo.

Sin duda, el escritor Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de 1956, necesitaba a su esposa Zenobia Camprubi de un modo abrumador e indescriptible; pero esto no significa necesariamente que la quisiera bien (o incluso que la quisiera: ¿era capaz de querer a alguien un personaje tan monstruosamente egocéntrico?). Sin embargo, algunos de los estudiosos juanramonianos se empeñaron en construir durante años un espejismo del amor conyugal, la irisada mentira de la pareja perfecta. Y así, durante décadas, se escribió abundantemente sobre el "ejemplar matrimonio" y sobre "la relación tan hermosa que tuvieron".

Hasta que en 1991, Graciela Palau de Nemes edito y publico la primera parte del Diario de Zenobia.

Curiosamente, la profesora Palau intenta salvar en su prologo lo insalvable: la leyenda rosa de la historia de amor. Tal vez no se daba cuenta que el material que estaba desenterrando era una bomba: un libro desolador y terrorífico, un minucioso e involuntario estudio sobre la patología humana. La pareja como destrucción, la pareja como trampa perfecta.

Pero, para empezar por el principio, digamos que Zenobia nació en la Costa Brava en 1887. Era hija de una puertorriqueña rica y de un ingeniero de caminos catalán: una niña, en fin, de muy buena familia.

El ingles era su lengua materna (también sabia francés) y durante su adolescencia paso varios años en los Estados Unidos, de modo que cuando regreso definitivamente a España en 1909 la llamaban la Americanita porque no parecía del terruño.

Y no lo parecía porque era culta, activa, desenvuelta, moderna. Creía en Dios de una manera muy libre y participaba de ese espíritu de servicio a los demás tan típico de la época, una especie de caridad ilustrada de clase alta (recordemos que las desigualdades sociales eran por entonces enormes) que en su vertiente mas sustancial, responsable y lucida había creado el Instituto Libre de Enseñanza. De modo que, al volver a España, organizo una escuela para niños campesinos y colaboro con diversas sociedades benéficas.

Zenobia recibía unas pequeñas rentas de la herencia materna que ella completaba con diversos trabajos. En el exilio fue profesora de Lengua y Literatura, primero en una Universidad cercana a Washington, luego en la de Puerto Rico. Antes de la guerra tenia una tienda de artesanías en Madrid y amueblaba con primor apartamentos de alquiler para extranjeros. De las rentas y los empleos de Zenobia vivió fundamentalmente el matrimonio durante los cuarenta años que estuvieron juntos: los ingresos de Juan Ramón eran escasos e intermitentes. En su diario, Zenobia se lamenta repetidamente con amargura de la incapacidad manifiesta de su marido para ganar dinero: atravesaron muchos apuros económicos. Pero dentro del naufragio general de la relación y otras perfidias cotidianas, esta inutilidad de Juan Ramón para lo practico resulta menor, incluso simpática.

El era, ya se sabe, un enfermo. La primera vez que piso un centro psiquiátrico (un manicomio, lo llamaban entonces) fue a los diecinueve años, después que su padre falleciera súbitamente mientras dormía y de que el mismo fuera sacado del sueño a sacudidas para darle la horrible noticia. No pudo superarlo: "la muerte repentina de mi padre se copio en mi alma y cuerpo, como en un espejo; o mejor, en una placa fotográfica. Me hirió, como una realidad a la placa, la muerte de mi padre. Y con la muerte grabada en mi, sentía morirme a cada instante". Era hipocondriaco y en sus peores momentos creía estar agonizando: no comía, no se lavaba, no hacia planes para el día siguiente porque pensaba que ya habría fallecido. Estaba lleno de manías: acumular cantidades ingentes de periódicos y recortes que luego era incapaz de tirar. por ejemplo, o cerrar las ventanas herméticamente porque no soportaba las corrientes de aire.

Sin duda sufrió mucho: de eso se hacen eco, compasiva y litúrgicamente, todos sus estudiosos. Pero se me ocurre que hay locos y locos; hay enfermos dignos y conmovedores, que solo se dañan a si mismos, y enfermos malignos que sobreviven a costa de destruir a los demás. Dice Rile que todos morimos de nuestra propia muerte, y de la misma manera, creo que todos enloquecemos de nuestra propia locura. Aunque en ocasiones era capaz de gestos magnánimos, Juan Ramón era, eso dicen, de un egoísmo descomunal; un misántropo reseco y amargado, un hombre a menudo cruel y mezquino. Tenia muchos enemigos (Bergamín, Alberti, Guillen, Neruda, Salinas) porque hablaba mal de casi todo el mundo. Solo parecía manifestar ternura con los animales y los niños: y eso, me sospecho, porque veía reflejada su propia niñez en ellos. Esto es, se diría, que le era muy difícil contemplar otra cosa que no fuera a si mismo. Luis Cernuda escribió que en Juan Ramón se daba el caso mas claro de doble personalidad que el había visto, un caso de Doctor Jeckill y Mister Hyde; y que, como Mister Hyde, era "una criatura ruin".

La defensa de Juan Ramón contra su enfermedad, contra la angustia constante del morir y la nada siniestra del no ser, era su trabajo: una producción literaria obsesiva que cambiaba y reordenaba una y otra vez en su aspiración por conseguir algo imposible, la Obra Completa y Perfecta que lo rescatara de lo fugitivo. Juan Ramón combatía el vértigo existencial con sus actos: una respuesta tradicionalmente masculina. Zenobia lo hizo destruyendo su yo, diluyendo su personalidad en la de su hombre: una respuesta tradicionalmente femenina.

 

En 1951 a Zenobia se le descubre un cáncer de útero. Viaja a Boston y es operada con éxito, pero en 1954, viviendo en Puerto Rico, se le reproduce. Le recomiendan que vuelva a Boston pero, para no dejar a Juan Ramón que esta muy mal, decide no marcharse y someterse a radio terapia en Puerto Rico. El tratamiento es tan erróneo y tan brutal que Zenobia es quemada lentamente, sesión tras sesión, hasta que es abrasada por completo.

 

Cuando por fin viaja a Boston los médicos quedan horrorizados: las quemaduras son tan enormes que no se la puede operar. Solo tiene tres meses por delante, le comunican. Y ella regresa a Puerto Rico a poner orden en la vida y los papeles de Juan Ramón.

 

En estos últimos años, Juan Ramón ha comenzado a darle a Zenobia lo que antes le escatimaba: la certidumbre de su lugar histórico como musa del genio. Lo cual no es sino el justo pago a la inversión hecha por Zenobia día tras día. Y así, en las cartas que le manda a Boston cuando la operación del 51, Juan Ramón le va detallando los poemas que escribió por ella y para ella. Y certifica: "fuiste, con mi madre, la mejor fuente de mi inspiración". Ella, a su vez, ha empezado a contarse su propio pasado mentirosamente, como solemos hacer los humanos al final de la vida (misericordiosa memoria, que nos permite hacer una mirada retrospectiva consoladora), para darle un sentido de destino a sus sacrificios. Y así, Zenobia escribe por entonces: "al casarme con quien, desde los catorce años, había encontrado la rica vena de su tesoro individual, me di cuenta en el acto que el verdadero motivo de mi vida había sido dedicarme a facilitar lo que ya era un hecho".


Su agonía fue lenta. Poco antes del final, Juan Ramón recibió el premio Nobel de Literatura: para Zenobia era la confirmación de que su existencia no había sido un desperdicio. Ricardo Gullón cuenta que cuando le dijeron lo del premio, Zenobia ya no podía hablar; susurro una canción de cuna y murió a los dos días (el 28 de octubre de 1956).

Juan Ramón enloqueció literalmente de pena; tuvo que ser internado y no volvió a escribir mas. Falleció año y medio mas tarde. Después de su muerte, se encontró una libreta que decía: "A Zenobia de mi alma, este ultimo recuerdo de su Juan Ramón, que la adoro como la mujer mas completa del mundo y no pudo hacerla feliz".

 

Zenobia y Juan Ramón se conocieron en 1912. El se enamoro de ella desde el primer momento, pero ella huyo de su insistente acoso durante dos años.: no quería casarse con un español (los consideraba machistas) , tenia muchos planes propios para su futuro, Juan Ramón le parecía un tipo raro y demasiado triste. Las abundantísimas cartas de Juan Ramón en ese tiempo son un catalogo de trucos sentimentales: intenta despertar en Zenobia la vocación regeneracionista que hay en toda mujer (a este lo salvo yo) e incluso le ofrece creer en Dios si ella lo ama.

Pero la gota final fue literaria. Zenobia, que encontraba semejanzas entre Platero y yo la obra del novel Tagore, tradujo un libro del escritor bengalí para enseñárselo a Juan Ramón. Y este se agarro al clavo ardiendo: reviso el texto español, publico la traducción firmada por los dos , insistió que se hicieran mas (termino traduciendo 20 obras) . Juan Ramón le ofreció a Zenobia, en suma, una colaboración creativa de colegas literarios, un futuro de trabajo en común: "todas las traducciones que hagamos de cosas bellas, las firmaras tu. Luego has de hacer algo original ¿verdad? Yo quiero que, en el porvenir, nos unan a los dos en nuestros libros", dice Juan Ramón en una de sus cartas de conquista. Y Zenobia, que tenia aspiraciones literarias, bajo por fin sus defensas y se caso con el...para no volver a escribir nunca mas nada propio, salvo sus modestísimos diarios.